jueves, 11 de abril de 2019

Influencer llora por perder su cuenta de Instagram y tener que trabajar: Del trabajo en digital y la confusión del usuario

Monetizar la influencia que se puede ganar en espacios como las redes sociales se ha convertido en un negocio sumamente lucrativo. De acuerdo con declaraciones de Kat Richardson, directora de la agencia de marketing de influencers WaR, para la BBC, un influencer con 10 mil seguidores en Instagram puede ganar cerca de 130 dólares por post, cifra que se eleva a los 970 dólares cuando se cuentan con cerca de 30 mil seguidores, mientras que las cuentas con cerca de un millón de seguidores pueden obtener gasta 13 mil dólares por una publicación.

Los altos ingresos que se pueden obtener con tan solo una publicación en redes sociales, ha convertido a los términos “influencer” y “blogger” en un sinónimo del empleo que cualquier persona -sobre todo los más jóvenes- quisieran tener.

De acuerdo con una encuesta realizada por Adecco, ser youtuber, influencer, gamer o blogger ya son para el 9 por ciento de los niños las “profesiones” en las cuáles quieren desarrollarse en el futuro.

Perdió su cuenta y ahora deberá de trabajar

La relevancia de estas actividades como principal fuente de ingresos quedó demostrada en días recientes, luego de que la usuaria de Instagram reconocida como Jessy Taylor y considerada influencer al haber sumado cerca de 113 mil seguidores en su cuenta, publicara un video en la que desconsolada, lamenta tener que trabajar luego de que su cuenta de Instagram fuera cerrada.

En el material de poco más de tres minutos publicado en Youtube, Taylor asegura “no soy nada sin mis seguidores, eran más de 113 mil (…) antes de llevar esta vida era una prostituta y no quiero volver a esa vida”, al mismo tiempo que a manera de queja afirma que “antes de tenerlo todo en mi vida, era una perdedora, como trabajadora en McDonald´s (…) no quiero un trabajo normal, como trabajar en McDonald’s porque trabajé allí, pero no quiero volver a esa vida, estoy perfectamente feliz donde estoy”.

Agregó no tener profesión alguna y no contar con estudios suficientes, debido a que no habría tenido el apoyo de su familia: “Varias personas me dieron la espalda dejándome sola (…) tengo deudas que superan los 20 mil dólares, no tengo un título porque no pude estudiar una carrera precisamente por falta de recursos y para vivir me tocaba trabajar en un McDonald’s”.

Del trabajo en digital y la confusión del usuario

Más allá de lo absurdo, ridículo o congruente que puede ser el caso -según se quiera ver-, lo cierto es que es un ejemplo interesante para analizar la gran confusión que los trabajaos surgidos alrededor de las plataformas digitales han provocado de manera generalizada.

Se cree que estas profesiones, oficios y tareas son cosa de juego. Tal como lo deja ver Taylor, estos parecen no ser “trabajos reales”.

No obstante, la realidad es que asumir responsabilidades y marcar limites se han convertido en dos grandes exigencias que diversos especialistas en el tema y muchos jugadores en la sociedad exigen a los practicantes de las nuevas profesiones digitales, mismas que comenzaron como hobbies, pero que ahora constituyen una rama de negocio y generación de ingresos.

Y es que aunque se trata de quehaceres cada vez más reconocidos como profesiones, lo cierto es que aun existen muchos vacíos para ser reconocidas, aceptadas y sobre todo asumidas como tales.

Por ejemplo, desde MarvelCrowd indican que aunque un 78 por ciento consideraba que ser influencer (ramo en el que entrar los youtubers) es una profesión y que para el 65 por ciento es su profesión actual, el 76 por ciento consideran que su profesión no está reconocida por la sociedad.

Para lograr niveles de reconocimiento adecuados que mejoren la relación entre marcas, influencers, consumidores y sociedad es necesario profesionalizar la labor y entender que ser un generador de contenidos independiente en busca de popularidad e ingresos requiere inversiones tanto de tiempo como de dinero y talento.

Aunque esto parece ser entendido, la realidad es que son los influencers los primeros en desacreditar su labor -véase nuevamente el caso de Taylor- y no darle el rigor que demanda ser parte de este mundo digital. Para muestra, basta reconocer que, según datos de Hasoff, el 26.2 por ciento de los influencers invierte sólo entre entre 10 y 30 minutos para desarrollar contenido.

Querer ser influencer para convertirlo en la fuente de ingresos no es malo, el error esta en la confusión que existe entre libertad y libertinaje alrededor de las labres digitales. Las nuevas generaciones que esperan conquistar las profesiones digitales que la nueva era trajo consigo, no confundan independencia con responsabilidades cero; el compromiso parece ser mayor incluso, si consideramos que estas tareas están en un proceso de consolidación y que aún tiene mucho camino por recorrer.



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